Mi marido hace publicidad… de todo lo que limpia en la casa

Luego de pavonearse al máximo tras cerrar la puerta de la lavavajillas, Christopher se arremangó la camisa y proclamó: “¡Acabo de poner los platos en su lugar!”.

Me quedé mirándolo. Yo había llenado la lavaplatos horas antes sin necesidad de gritarlo a los cuatro vientos.

Antes de eso, mi media naranja había lavado las ventanas. Cada vez que regresaba a la habitación, señalaba la visibilidad mejorada: “Caray, ¿cuándo habías visto esas ventanas tan relucientes?”.

Debí haberme reído de él, pero estaba demasiado cansada para considerarlo gracioso, así que respondí: “¿Quién crees que llenó la lavavajillas, metió dos cargas de ropa a la lavadora, llevó a los niños de los vecinos y a los nuestros a la escuela, limpió la mostaza tirada en el refrigerador y facturó siete horas de trabajo en un día?”.

Mi esposo no contestó; siguió hablando de las ventanas.

He escuchado cuando les dice a los clientes: “Si no logras definir tu imagen de marca, tu competencia lo hará”. Me tardé un poco en darme cuenta de que Christopher estaba aplicando los principios de la imagen de marca a nuestro matrimonio.

Tanto él como yo trabajamos y compartimos las tareas domésticas y las responsabilidades del cuidado de nuestros dos hijos. En nuestros momentos de sensatez, agradecemos los aportes mutuos y nuestra capacidad de forjar una relación moderna, pero cuando el caos de nuestra vida se acumula, peleamos.

No siempre fue así. Al comienzo de nuestra relación, cuando vivíamos juntos en un pequeño departamento en la calle 11 de Manhattan, Christopher y yo rara vez estábamos en desacuerdo. Ambos adorábamos la misma comida muy condimentada y habíamos crecido en la década de los setenta solos en casa viendo The Brady Brunch y corriendo libres mientras nuestras madres feministas transformaban el mundo laboral.

Apoyábamos las pasiones y compulsiones del otro y vivíamos en el ahora; prestábamos poca atención a las normas sociales o al futuro. Dividíamos los quehaceres por aptitudes o preferencias, no por géneros. Christopher se sentía organizado y listo para empezar el día luego de tender la cama; a mí me gustaba aspirar.

Los fines de semana, salíamos a pasear al perro por el Barrio Chino en busca de pasta de soya picante o wakame para los platillos elaborados que preparábamos juntos. Siempre estábamos buscando la forma de hacer reír al otro, nos encantaba hacer que el otro se carcajeara al grado de escupir el café.

Seguimos repartiéndonos los quehaceres como siempre lo habíamos hecho, pero las negociaciones se han vuelto cada vez más difíciles.

No fue sino hasta que me embaracé de nuestro primer hijo que, por primera vez, estuvimos en lados opuestos en temas clave. Al principio, nos turnábamos para decidir: estuvo de acuerdo cuando quise tomarme un año de licencia por maternidad y yo acepté que compráramos pañales desechables.

Poco después de que nació nuestro hijo, había tanto quehacer y tan poco tiempo que tuvimos que negociarlo todo: a quién le tocaba dormir, quién podía salir con sus amigos por la noche, los sueños de quién eran más realistas y quién se quedaría con el empleo de tiempo completo con seguro médico.

Seguimos repartiéndonos los quehaceres como siempre lo habíamos hecho, pero las negociaciones se han vuelto cada vez más difíciles. Habíamos evolucionado lo suficiente como para deshacernos de los roles tradicionales y aspirar a una relación igualitaria, pero eso no resolvió el problema de que a ninguno le gustara el trabajo arduo de las tareas domésticas, en especial lavar la ropa y los platos sucios que parecen el cuento de nunca acabar. Sin una división de trabajo o roles establecidos, cada uno de nosotros pensaba que lo hacía todo (porque así era).

Mientras yo ponía manos a la obra sin hablar de ello, Christopher anunciaba cada una de las cosas que terminaba, como si fuera un corresponsal de CNN informando sobre una noticia de última hora en el hogar: “¡La basura ya no está en el edificio!”.

Luego de que nació nuestro segundo hijo, sus anuncios se volvieron más descarados. Afirmaba, por ejemplo, que había “lavado la ropa” solo porque había pasado una carga de ropa de la lavadora a la secadora. No obstante, no dejaba de hablar así aunque se lo pidiera. Cuanto más ocupadas se volvían nuestras vidas, más me irritaba este hábito y más me hacía estar a la defensiva, pero quizá esa era la idea.

Comenzaba a ver un patrón. Los anuncios de Christopher parecían ser una forma de defender aquello que tenía ganas de hacer —organizar la cochera o botar el barco— en lugar de lo que había que hacer, como programar las citas para el dentista o pedir combustible para la calefacción.

Sus mensajes eran estratégicos y parte de una campaña más amplia. Christopher había pasado su carrera desarrollando estrategias para establecer la identidad de una corporación y ahora estaba aplicando sus habilidades en nuestra relación para que “su marca” fuera más exitosa.

Aunque en realidad nunca dijo con todas sus letras “Hago más que tú”, no era necesario. Al atribuirse el crédito todo el tiempo por las cosas que hacía, dominaba el diálogo en el nuevo orden de nuestro mundo doméstico y se posicionaba como el ganador en la contienda para ver quién hace más.

Para cuando me di cuenta de todo esto, ya se había apoderado de una parte importante del reconocimiento de marca. Quién tuvo el día más pesado, cuál técnica de paternidad era mejor, quién había limpiado los desechos al fondo del bote de basura: todos esos conflictos podían darle ventaja para la imagen actual o renovada de su marca en el hogar. Si permitía que la marca de Christopher controlara nuestro hogar, estaría en riesgo de que su marca me hiciera desaparecer, justo como Google hizo con AOL.

Me dedico a las relaciones públicas, así que también iba a tener que emplear mis habilidades en casa. Tan pronto como su auto apareció en nuestra acera, recibí a Christopher en la puerta trasera y comencé a hacer mis propios anuncios: “Limpié vómito y popó hoy”. “Escribí un artículo mientras había un niño que se me subía por la espalda”.

Sin embargo, en lugar de admitir o validar mi día de trabajo, claramente más difícil, desde casa y sin ayuda para cuidar a los niños, Christopher tomó la escoba y comenzó a barrer pedacitos de galletas del piso de la cocina con un dramatismo histriónico, como si estuviera haciendo una prueba de actuación para quedarse con el papel de conserje de una producción de teatro.

Con un movimiento veloz, dio un giro a la conversación y llevó la atención hacia lo que no había hecho yo ese día en lugar de lo que sí, con lo cual el tema central se volvió nuestra cocina desordenada y yo me puse a la defensiva otra vez.

Las redes sociales nos han enseñado a todos que hay que construir plataformas sociales, así que no era la única con ese problema. Mis amigos —varones y mujeres— compartieron historias similares sobre cómo la imagen de marca había invadido sus matrimonios.

Una amiga me contó que su esposo la había nombrado “la experta” (porque ella era psicóloga) para poder justificar que ella decidiera todo lo relacionado con la educación de sus hijos o sus necesidades de desarrollo. “Al final me di cuenta de que solo sacaba a relucir mi doctorado para evitarse la pena de lidiar con los problemas escolares o tener que leer un libro sobre paternidad”, reveló.

Otra amiga dijo: “Después de que mi marido limpia la cochera o la piscina, hace que cada uno de los miembros de la familia vayan por separado a ver su obra, de tal modo que puede pedir que lo alaben y disfrutar así de su logro”.

En nuestro caso, la imagen de marca había llegado hasta la esencia misma de la paternidad de Christopher. Lanzaba campañas de servicio a la comunidad grandilocuentes sobre la importancia de que los niños se fueran a la cama siempre a la misma hora, mismas que duraban hasta que era mi turno de salir con amigos. En esas noches organizaba cenas con película incluida, en las que nadie se iba a dormir a su hora ni se cepillaba los dientes, mientras él cultivaba su submarca de “papá es más divertido”, diferenciándose de mi marca más práctica, de rutinas, de comer verduras y eslóganes del tipo de: “¿Cómo sabes si no lo has probado?”.

En la mañana, cuando era mi turno de nuevo, tenía que levantar a nuestros hijos cansados y malhumorados y llevarlos a la escuela mientras escuchaba testimonios en tiempo real de su nuevos “embajadores de marca”: “Mi papá nos dejó ver una película que tú no nos dejaste ver”.

Por suerte, la marca “Papá es más divertido” se vino abajo sin ayuda después de que me ausenté una semana para visitar a una amiga y Christopher tuvo que alistar y llevar a los niños solo todas las mañanas.

Cuando entramos a la fase más reciente de nuestro matrimonio, en la que ambos tenemos trabajos de tiempo completo, pensé que terminaría la pelea del “¿Quién hace más?”.

No obstante, Christopher sigue arreglándoselas para que la conversación gire en torno a sus quejas por su viaje al trabajo más largo, para el cual “cruza dos fronteras estatales” y que lo hace llegar a casa más tarde. Aunque sentarse en un autobús equipado con wifi mientras bebe café y ve un episodio tras otro de Juego de tronos me suena mucho más sencillo que hacerse cargo de todos los viajes compartidos a la escuela, las actividades extracurriculares y la tarea.

Un día, por fin lo confronté sin rodeos: “Sé lo que estás haciendo. Deja de crear tu imagen de marca en la casa”.

“No sé de qué hablas”.

“¿De verdad crees que estás más ocupado que yo?”, pregunté.

“Nunca dije eso”.

“Bueno, tal vez deberías”, respondí. “De hecho, ¿por qué no mandas un comunicado de prensa al periódico? El titular sería: ‘¿Cómo es que este hombre lo hace todo?’”.

“En realidad me parece que sería más bien una noticia nacional”, contestó Christopher con una sonrisa.

Reí, pero en verdad tiene razón. Es una noticia nacional. De costa a costa, los maridos anuncian “¡Ya saqué la basura!” y “¡El piso está limpio!” en un intento constante por llevar la delantera en la guerra de la imagen de marca por los quehaceres domésticos.

Es hora de cambiar el discurso.

Autor entrada: Bretania Aquino

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